lo que es muy largo para el útero de verdad

Wednesday, November 15, 2006

The Ampuero Affair

Aqui hay varios temas. Por un lado la defensa de un grupo de intelectuales (entre los que no incluiría a Ivan Thays por no dar la talla de intelectual, pero sí de buen reseñista) que defienden la postura de que la crítica literaria debe ser hecha por gente "preparada". Parece una verdad de perogrullo, todas variantes de "zapatero a tu zapato", "no te metas en lo que no sabes", etc. A todas luces es un reclamo comprensible.

Frente a ellos está este otro grupo, sospecho que más grande, que más bien defiende la idea de que cualquiera puede opinar de literatura, no en el sentido de que aquella opinión deba ser necesariamente atendible, sino simplemente expresada o canalizada. Aquí, me parece, el tema es el de la "libertad de expresión".

¿Con cuál de los posturas me quedaría? Yo creo que con la segunda.

Como siempre que sucede con las intervenciones de Faverón o de Thays sobre este tema, ambos caminan por una línea muy delgada en la que un paso en falso los puede llevar a dar la impresion (ojo, la impresión) de que censuran, reprimen y ajustician. Es decir, de que si por ellos fuera, Maribel de Paz de ningún modo hubiese tenido la opción de publicar su opinión en un medio como Caretas o en ningún otro en donde ellos tuvieran el poder de decisión. Así que nada de "prosa de Parkinson", nada de "demasiado Ampuero" y nada del pretexto de novela para publicitar a los amigos. Y nada, claro, del delicioso debate posterior. ¿Censura o ajuste etico a los lineamientos de lo que “debe” ser una crítica literaria? Para mí es censura, sólo que arropada en esta cacareada denuncia de los argumentos “ad hominem”, falacia lógica a veces obvia, pero que a mí no me queda clara en una crítica literaria, en el sentido de que una obra de arte no es “falsa” o “verdadera”.

Lo que yo entendí de Maribel de Paz fue: la novela de Ampuero no es mala porque Ampuero la escribió, sino: la novela, que es pésima y delirantemente estúpida, parece que no tiene otra razón de ser que la de supurar al personaje Ampuero, un escritor cuya carga publicitaria en el medio local es inversamente proporcional a su talento (digamos un RBD literario, un Servando o un Florentino). ¿Escribe Maribel de Paz sobre la novela solamente? Claro que sí, pero su hartazgo de lectora impaciente la lleva después a explicarse lo burdo en términos personales, instalada en el mundo real y con ese subtexto lleno de guiños al representante más notorio del grupo de los “regios”. Hombre, un poco de contextualización no nos caería mal.

Recuerdo un comentario del propio Faverón en un post de su blog hace meses donde concluía que la nueva novela de Saramago –Las intermitencias de la muerte- seguramente era uno de “receta” porque las últimas novelas del portugués habían sido de ese tipo. ¿Argumentación ad hominem? Por supuesto, y aquí peor que en lo de Paz, porque aquí sí era: la novela no debe ser tan buena porque la ha escrito Saramago. Por cierto, Faverón sólo se guiaba de un resumen del argumento. No me parece criticable, sólo digo que en nuestra vida diaria nos dejamos llevar por estas falacias, falacia en la que no creo hasta ahora que de Paz haya caído.

Vayamos a Thays. Hace algunos meses comentó la novela de Philip Butters –ninguna luminaria literaria, sin ningún lobby y un blanco fácil para un reseñista-, pero sí un personaje muy divertido en la televisión (si es que aún sigue ahí). Thays escribe el siguiente párrafo sorprendente en el que, creo, viola todas las reglas que él mismo exige a de Paz:
“Lo realmente significativo y sorprendente hubiese sido que Butters aporte pruebas para respaldar todas esas afirmaciones (en su novela, agregado mío). Es decir, si hubiera hecho periodismo de investigación o, aún mejor, una crónica novelada a lo Norman Mailer o Truman Capote. Pero eso no ocurrió, por lo que Muerte súbita no deja de ser un compendio de chismes que, en algunos casos, son incluso calumnias, cuando brinda todos los datos para que se identifique al “modelo” que influyó en la ficción, pero se abstiene de colocar nombres y apellidos auténticos para evadir la responsabilidad judicial.”

Aquí el crítico va más allá: le pide a una novela, a una ficción, que aporte “pruebas”, y le reclama al autor por abstenerse de colocar los nombres reales. ¿Estamos en el mundo al revés? Sin duda, pero, a pesar de todo, entiendo lo que quiere decir Thays porque somos inteligentes y porque comprendemos hacia dónde quiere ir su reseña: Butters es un periodista deportivo y su ficción no estuvo a la altura de sus encendidos comentarios en la TV, ficción que más bien usó –según Thays- para sus propios ajustes personales. ¿Bueno como comentario? Por supuesto que sí, pero jalado en lo que a reseña profesional ortodoxa se refiere. Señor Thays, si usted hubiese sido su editor, usted mismo no aprobaba su texto. Y, la verdad, nunca leí que Faverón le hubiese recomendado a Thays no volver a hacer una crítica.

Regresando a Ampuero. Hay que recordar que el escritor no es tan inocente en estos asuntos porosos entre la realidad y la ficción. El enano fue una novela teledirigida a César Hildebrandt y él mismo se ufanaba, según leí en una entrevista, de las reacciones que había provocado. Así que usar la ficción como instrumento para asuntos personales no es nada extraño en Ampuero. Es más, parece ser parte de su “poética”. Académicos, tomen nota.

Hasta aquí las cuestiones creo que literarias. Vayamos al punto más periodístico. Ya van dos veces que Gustavo Faverón insiste en que fue Jaime Bedoya de Caretas quien le pidió hacer una sinopsis de su post para la revista. No puedo ni siquiera imaginarme lo que pasó en esa redacción para que una desautorización de tal calibre apareciera. Pero no es necesario que nos imaginemos. El propio Thays lo dice en Moleskine Editorial: Caretas se dio cuenta de que había metido la pata al publicar una reseña, digamos, de tan poca “seriedad” y quiso enmendar su error colocando el texto de Faverón disfrazándola como una práctica de tolerancia. Hay que leer entre líneas, hay que ser perspicaz. Como el propio Thays dice es realmente impensable que una crítica de la crítica aparezca en el mismo medio y en la misma sección.

¿Qué sucedió? Ya vimos que nadie en Caretas le hizo caso a Butters cuando refunfuñó por el comentario tan desorientado de Thays y, valgan verdades, hemos leído reseñas bastante más agresivas en un medio caracterizado por su agudo sentido de la ironía. Además, Caretas ha tenido batallas mucho más complicadas y ejemplares en el terreno de la política. ¿Entonces qué cambia? ¿Cuántas llamadas y mails fueron necesarios para que la presión fuese tanta que Jaime Bedoya se viera obligado a pedirle a Faverón la reproducción, en sinopsis, de su texto? ¿Quién hizo esas llamadas? Si no vi mal, la primera versión del post de Faverón donde daba noticia de su comentario en Caretas no contenía el primer párrafo, la mención a Jaime Bedoya. Es claro que quiso después hacer un deslinde: no hablo en defensa de Ampuero, parece decir, hablo porque este medio independiente –no El Comercio- me lo pide. Ergo, la objetividad y honestidad de los reclamos están garantizados.

El proceder de Caretas fue, mi juicio, absolutamente decepcionante. ¡Los medios no desautorizan públicamente a su redactor por una opinión! ¡Los medios no se desautorizan públicamente porque una crítica no estuvo a la altura de un curso en la universidad! Un medio se desautoriza por dos razones: o porque dio una información falsa que quiso pasar como factual (y en ese caso prefieren poner el desagravio en letras enanas en un rincón) o por presiones. Jaime Bedoya, periodista, a instancias de presiones, publicó el comentario de Faverón que hacía añicos a Maribel de Paz por un texto que él mismo, como editor, había previamente autorizado. Cuando uno recuerda que Fernando Ampuero fue editor de Caretas en algún momento nos sentimos tentados a especular un poco, pero la verdad es que no podemos decir más a la luz de las evidencias escritas y bloggeras.

Finalmente viene la columna –estupenda, dicho sea de paso- de César Hildebrandt en La Primera que tiene como personaje a Tavo, o sea, Gustavo Faverón, en la que escribe lo que opina de él. Cada vez que alguien me ha pedido argumentar por qué alguien me cae bien o mal no pienso si estoy siendo lógicamente correcto. Así que pedirle a Hildebrandt que “argumente” una opinión personal sobre el carácter personal del crítico es bastante extraño y mucho más extraño pensar que ese texto sea una especie de cortina de humo para no hablar de lo realmente medular, según Faverón, que es su estudio de la antología Toda la sangre. Hildebrandt, supuestamente, estaría evitando hablar de los críticos de la antología, es decir, de esas voces disonantes que tienen un tufillo medio filosenderista que, a su vez, criticaron duramente a Ampuero en el debate “andinos vs. criollos”. Hildebrandt estaría apañando a “simpatizantes” de Sendero porque su odio a Ampuero es superior.

Pero no. si Hildebrandt quiere hacer algo con su columna es desautorizar al crítico Faverón y sugerir al lector que tome con pinzas todo lo que él pueda decir. En ese sentido, esa discusión es superior a la del libro.

Veamos, la idea central, según entiendo, de la columna es la siguiente: Gustavo Faverón es un buen crítico, pero un crítico deshonesto. Es decir, que se deja llevar por simpatías o antipatías personales al momento de lanzar un juicio literario, juicio que logra pasar por objetivo gracias a sus extraordinarias dotes para la retórica y el laberinto argumental. ¿Hay alguna manera de probar eso? No, no creo que haya forma. Solamente uno puede dejarse llevar por algunas señales.

En setiembre Faveron escribió lo siguiente:

“Mi autoimpuesta cura de silencio, que me impide reseñar (por ahora y, básicamente, hasta que me dé la gana) los libros de mis amigos, me ha quitado el placer de comentar El fondo de las aguas, de Peter Elmore, que leí en su primera versión hace dos años y en su versión reciente ahora mismo.”

Es una afirmación que me llamó mucho la atención desde que la leí, porque hablaba de una autoimpuesta cura de silencio y de los amigos. ¿Por qué tendría un reseñista que autoimponerse una cura de silencio con los libros de sus amigos? ¿Porque no sería elegante? ¿Porque no sería ético? ¿Porque las simpatías realmente pueden torcerle a uno el entendimiento de modo que uno vea prados maravillosos donde solo hay un desierto seco? No lo sé. Sólo sé que si alguien como Gustavo Faverón mencionó el tema es porque el juicio y la amistad son conceptos que para él sí pueden mutuamente influirse y porque, para la opinión pública y en un medio como el literario, la credibilidad es muy importante.

Mi último punto es justamente el de la credibilidad. Más allá de ser competente como crítico o no, en periodismo lo más importante es la credibilidad. Y la credibilidad es algo que se va construyendo con el tiempo. Por ejemplo, es fundamental que la opinión pública piense que tu denuncia tiene algún asidero y que no está movida por interesessubterráneos. Del mismo modo, en una reseña literaria periodística –donde el thumb-up o el thumb-down son constitutivos de su esencia- siempre quedarán algunos cabos sueltos que no están completamente y del todo argumentados y que los lectores –que generalmente no han leído el libro- van a tomar con confianza o desconfianza según sea la firma al final de lo escrito. Cuántos adjetivos han sido lanzados sin ningún tipo de “prueba” detrás. O cuántas argumentaciones supuestamente impecables vienen con truco. El papel aguanta todo.

Así que este caso de Ampuero –sobre una novela, a todas luces, pobrísima- me da a entender que sí, que hay presiones, que si Faverón no ha escrito nada sobre Puta linda (decir que tiene “bemoles” no es nada para un crítico que siempre se ha caracterizado por opinar apasionadamente sobre todo lo que se mueva) es porque de verdad se pondría en un aprieto con su amigo Ampuero (¿queda alguna duda de que es su amigo?). ¿Alguien se imagina una mala reseña de Ampuero en El Comercio? Vale la pena soñar.

Y termino con lo que empecé: prefiero la libertad de expresión a abogar por el gremio de los críticos competentes. Es necesario que todos opinemos sobre los libros, si los libros son los temas a discutir. Que digamos que nos gustó, que no nos gustó, ya sea respetando o violando la ortodoxia, no importando si somos academicos o no, legos o no, ingenuos o avispados. Que el camino de nuestras argumentaciones o de nuestros insultos arbitrarios esté abierto a todos. Que nuestras sospechas también. Porque más importante es asegurar el derecho que todos tenemos a decir lo que queremos que cuidarle los oídos a los críticos para que no escuchen lo que los ofende. Ofender, señores, es un derecho y, a veces, una gran virtud.

Martín Araujo
martinaraujo11@hotmail.com

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